La Vuelta al Mundo en Siete Arcades

Cualquiera que esté informado sobre la industria de los videojuegos sabe que el arcade murió. Cualquiera que se tome el trabajo de recorrerlos sabrá que todavía viven.

No hay turista más triste que el periodista especializado. El nuestro no es un rubro que pague mucho, y una de las pocas ventajas del trabajo es la posibilidad de viajar a cubrir eventos. Experiencias que los dueños de estos medios suelen repartir como premios tácitos al empleado del mes.

Son viajes express, en días de semana, sin opción de extender la estadía y atados a un cronograma que puede ser cruel. Pero dure el evento dos horas o doce, no dudamos en aprovechar el tiempo que queda para hacer un turismo lo-fi en el que se gasta lo mínimo indispensable. Estiramos los viáticos al infinito. Caminamos 40 cuadras de noche con tal de evitar el Uber. Comemos sándwiches de minimercados sin chequear la fecha de vencimiento. Somos anomalías en la línea temporal, accidentes estadísticos, polizones urbanos.

Hasta 2015 nunca había salido del país sin que una empresa pague mi pasaje, pero viendo los 40 en el horizonte decidí que quería conocer un poquito de mundo mientras todavía las rodillas me respondieran. Durante dos años no pensé en otra cosa. Vendí todas las porquerías que había coleccionado en mi vida. Agarré todas las changas que pude. Y después de stalkear sitios de promos de pasajes aéreos, hacerme un experto en AirBNB y pegar un contrato modesto para un libro, pude hacer el sueño realidad.

O mejor dicho, hacer el sueño “realidad”. A riesgo de sonar repetitivo, este no es un rubro que pague mucho, y mis años de ahorro alcanzaban para los pasajes de oferta, la estadía en los hoteles más baratos, y quizás un extra para comida y transporte. No iba a ver al Fantasma en Broadway ni comer en lugares de esos en los que uno se sienta, pero las calles eran mías.

Las calles, y los arcades.

Entre diciembre de 2017 y enero de 2018 recorrí todos los salones de videojuegos que pude. Pasé por shoppings, bares, museos y galpones de dudosa legalidad. Y lo que pensé en el momento se refuerza después de dos años de pandemia: el arcade no es un fantasma del pasado. Es necesario. Y es viable.

1. El Arcade Clandestino: Bury Arcade Club (Manchester)

Es irónico que la escena musical de Manchester sea uno de sus atractivos turísticos, considerando que las letras de bandas como The Smiths y Joy Division se pueden resumir en “Manchester es un bajón, por favor no vengas.” No es mal consejo, así que después de patear durante una tarde sus calles deprimentes, escapé 10 kilómetros al norte a un suburbio (si es posible) aún más gris, donde me esperaba el “Bury Arcade Club”, la colección de arcades más grande de Europa.

Colección”: no hay otro término más preciso que ese. Porque el Bury Arcade Club no es un salón o un local, sino el patrimonio personal de un tal Andy Palmer, distribuido a lo largo de varios pisos de un… ¿centro cultural? ¿sociedad de fomento? La entrada al Club no tiene ni un cartel indicador. Hay que buscar el alfilercito en Google Maps, entrar por un estacionamiento vacío que desemboca en un complejo de edificios, y subir hasta el tercer piso. Vale la pena.

Palmer administró durante décadas una cadena de locales de reparación de PC. A través de sus contactos empezó a juntar placas JAMMA y de a poco se armó una colección respetable, que fue creciendo. Y creciendo. Y creciendo. Palmer compra todo, desde gabinetes genéricos Astro City para cargar de beat ‘em ups hasta excéntricos juegos japoneses con controles únicos. En el Arcade Club hay Taiko no Tatsujin, Bishi Bashi, todos los Pumps y DDR que te imagines. Rarezas junto a clásicos, organizados de acuerdo a lo que permite el (reducido) espacio. La biblia y el calefón.

La entrada vale 15 libras (que en el momento equivalía al doble de una entrada de cine), y todos los juegos están en modo freeplay. Hay un bar modesto que vende cerveza, energy drinks y unos sándwiches tan pringosos que me dio pena por el que tuviese que limpiar los joysticks al otro día. El espacio está pensado para que vayas y te quedes durante horas. Es más, la única razón por la que no tuve que preguntar si estaba en el lugar correcto era por el grupito que representaba la tipología gamer, fumando en el estacionamiento y temblando de frío.

Las máquinas están usadas, pero bien mantenidas. No había monitores apagados ni Lethal Enforcers sin pistolas, y me sorprendió la solidez de controles medio caprichosos como el rifle de Cheyenne o el joystick banana de Super Monkey Ball. A lo largo de las cuatro horas en las que el viernes se convirtió en sábado me di cuenta de que el público del Club se puede dividir entre una base de habitués, turistas ocasionales como uno, y grupos grandes de gamers de otras ciudades que hacen la excursión para jugar durante todo un fin de semana.

Ahí es donde cobran sentido las piruetas tipo Superagente 86 que hay que hacer para llegar al club. Palmer confía en que vas a hacer el esfuerzo, orientarte y jugar de acuerdo a las reglas que él pone. El ritual es parte del juego. La recompensa, la gloria. 


2. El Arcade Safari: Computerspiele Museum (Berlín)

Que el nombre no te engañe. Los alemanes llaman a todos los videojuegos “computerspiele”, sean de computadora o consola, y este recinto acogedor en la zona Friedrichshain de Berlín es pequeño pero ambicioso. Un recorrido serpenteante por la historia del medio, desde una reproducción del proto-videojuego Nimrod (1951) hasta la estatua de un Rabbid de Ubisoft con la que me golpeé la punta del pie cuando subía la escalera al segundo piso.

La enorme colección de objetos llega literalmente hasta el techo, gracias a ingeniosas estructuras que buscan dar un orden cronológico a máquinas, manuales y joysticks. Pero la exhibición permanente suma un énfasis en reproducir la experiencia de juego en lo que podríamos llamar su “ámbito natural”.

No se si “adorable” es la palabra indicada para describir un museo, pero es lo único que se me ocurre. Uno de sus recovecos consiste de una serie de cubículos dedicados a recrear el entorno de cada máquina. Una Commodore 64 entre VHS de Indiana Jones. Una Hanimex 777 junto a un sillón que parece salido de una película de Fassbinder. Quizás las fotos lo hagan parecer kitsch, pero no se puede resistir la experiencia de sentarse en sillones tipo “beanbag” debajo de un póster del festival electrónico Mayday ‘94 para jugar Crash Bandicoot un ratito.

El recoveco termina en un diminuto arcade que busca replicar el ambiente de un salón en los ‘80, pero en este caso el tamaño reducido le juega en contra. La selección es obvia, aunque no mala: Donkey Kong, Ghosts ‘n Goblins, un par de clásicos de Atari.

Como el Arcade Club, el Computerspiele Museum no está interesado en quedarse con una única definición de videojuego. Las máquinas más interesantes no están en esas cápsulas temporales sino escondidas en recovecos sin el más mínimo intento de darles contexto. 

La más famosa es el joystick gigante que puede usarse para jugar el infame port de Pac-Man a Atari 2600, o quizás la “Painstation”, una variante de Pong que castiga físicamente al jugador que pierde, con latigazos (leves) a las manos, shocks eléctricos y subidas repentinas de temperatura.

Ahí, entre el art-game, la instalación y el juguete, está el alma de un museo colorido, pensado para un público adolescente. Lo que le falta de rigor (mi lado de gamer pedante tiene que remarcar que Crash es de 1996, y en el ‘94 PlayStation no había salido en Alemania) lo compensa con entusiasmo.


3. El Arcade Fantasía: Anata no Warehouse (Kawasaki)

Como Bury, Kawasaki está lejos de cualquier centro turístico. La ciudad está 20 kilómetros al sur de Tokio (un poco antes de llegar a Yokohama) y durante una década fue el destino de amantes de lo extraño en busca de aquel edificio de oficinas que escondía la puerta a una distopía cyberpunk.

La Warehouse era un arcade gigantesco y a la vez una instalación artística, de un nivel de detalle demencial. La idea era replicar la ciudad amurallada de Kowloon, un complejo de departamentos de Hong Kong que durante los ‘80 fue el lugar más densamente habitado del mundo. No sólo un símbolo del capitalismo desenfrenado sino la referencia visual favorita de videojuegos y animé ambientados en el 20XX.

Como todos estos ambientes artificiales de Japón, la reconstrucción era meticulosa. Un set de cine habitable, de paredes derruidas, carteles ominosos y hasta basureros traídos directamente desde alguna distopía real de China. Lo único que rompía la atmósfera de decadencia futurista era, lamentablemente, la selección de arcades.

En la zona más “intervenida” había una especie de museo del videojuego, con máquinas perfectamente preservadas de juegos como Space Harrier y Gauntlet, que a pesar de ser íconos de la década tenían poco y nada que ver con el look cyberpunk ¿dónde estaban Narc, Missile Command, The Combatribes? Nada más fuera de lugar debajo de esos ladrillos manchados de sangre y óxido que los cielos azules de Out Run y el plástico rojo resplandeciente de su Ferrari.

Si el primer piso era como visitar el mundo de Blade Runner (o su prima japonesa Bubblegum Crisis), el hechizo se desvanecía en cada escalón de los siguientes. Fuera de la exhibición había un par de juegos retro, pero eran pocos en comparación a las máquinas monstruosas de juegos modernos (bah, modernos en 2018) como Code of Joker y Wonderland Wars. Ni hablar del piso entero dedicado a una pista virtual de carreras de caballos basada en el simulador StarHorse 3.

Dentro de todo, tenía sentido que la Warehouse dedique la mayor parte de su espacio a este tipo de juegos. “Gachas” físicos que recaudan mucho más que un humilde Street Fighter II. Lo extraño es que la mayoría de los visitantes iban a ver una exhibición a la que los dueños preferían no cobrar entrada. Íbamos, nos tomábamos un par de selfies con fondo de ciencia ficción, y de vuelta a Shinjuku. Total Metal Slug se puede jugar en cualquier antro de Akihabara.

Me gustaría decir que amé la Warehouse, pero su innegable belleza me dejó más alienado que cuando entré. Entre los arcades modernos, la luz baja de local de pachinko y el calculado artificio de su diseño, se sentía como una crisis de personalidad de cinco pisos. Cerró en noviembre de 2019, casi como una premonición de lo que pasaría con los arcades más grandes durante la pandemia.


4. El Arcade Tradicional: Mikado Game Center (Takadanobaba)

Antes hablaba de Akihabara, pero la verdad es que los arcades del “Electric Town” tampoco me llamaron del todo. Los juegos del barrio de los otakus tienen veinte años de evolución casi secreta y sus reductos son una mezcla inaccesible de estrategia, cartas, simulación y suerte, con tarjetas que permiten salvar partidas y controles nivel NASA. Siempre hay un Daytona o un Final Fight en una esquina, pero la verdad es que los juegos actuales no son interesantes ni para ver sobre el hombro de algún talentoso.

¿Dónde estaban los juegos de pelea, entonces? ¿dónde van a entrenar los Daigo Umeharas del futuro? La respuesta la encontré casi por casualidad, y es un local escondido en un barrio residencial en las cercanías de Shinjuku, en medio de una callecita angosta que choca contra las vías del tren. El Mikado Game Center.

El Mikado está congelado en el tiempo. Es un salón de videojuegos japonés ultra clásico, idéntico a los que se pueden ver en una Famitsu o Gamest de principios de los ‘90. Los mismos que recrea con afecto el animé de Netflix Hi-Score Girl. Hileras infinitas de gabinetes idénticos, viejos amigos de los ‘80s y ‘90s, con sorpresas al final de cada fila como un Darius de triple pantalla o un Street Fighter II en formato cocktail. Hasta las máquinas que cambian billetes por monedas parecían preservadas en formol.

Visité el Mikado un lunes a las 11 de la mañana y, por supuesto, estaba casi desierto. En el piso de abajo, dedicado a arcades retro, había un par de señores de traje escapando de la vida de salaryman, jugando junto a un par de turistas suecos que parecían primos lejanos del protagonista de Wonder Boy. La magia, descubrí, estaba en el piso de arriba, casi completamente dedicado a juegos de pelea.

Mientras simulaba entender una máquina de Virtual-On: Oratorio Tangram, pude pispear a dos treintañeros que jugaban BlazBlue en trance monástico. El frenetismo de los joysticks era un contraste absoluto con la inexpresión de los rostros. No sé si eran profesionales (y no iba a romper la concentración para preguntarles), pero me sorprendió la máquina en la que jugaban, una plataforma de distribución digital de nombre NESiCAxLive que es lo opuesto de los decorados chillones de arcades comerciales. Un gabinete minimalista en el que se pueden jugar distintos arcades, una PC optimizada al máximo en la que todo está ajustado a la exigencia de un pro: joysticks, pantalla, altura.

El Mikado es el arcade como gimnasio de Rocky. Los volantes en las paredes publicitan eventos, torneos y hasta “doujinshi” (comics amateur) sobre personajes de SNK. Es un espacio comunitario, diseñado alrededor de los intereses de los que van a jugar. Me dio miedo googlear si seguía abierto, pero buenas noticias: sobrevivió la pandemia.


5. El Arcade Show: Sega Joypolis (Odaiba)

Odaiba es el emblema del Japón moderno. Una isla artificial creada originalmente para ganar tierra al mar, pero que en los últimos treinta años se volvió una de las zonas comerciales más importantes de Tokyo. El reino del escapismo.

En Odaiba está la exhibición permanente Borderless del colectivo teamLab, una especie de caleidoscopio del tamaño de un hangar. En Odaiba está el famoso Gundam gigante, custodiando un shopping de 12 pisos. En Odaiba está el “museo del futuro” Miraikan, las carreras de Mario Kart con autos reales, una playa artificial de 800 metros y, claro, un arcade que redefine la palabra: Sega Joypolis.

Joypolis es un parque temático tipo Universal, comprimido en el espacio que ocuparía un Sacoa mediano de la costa. Lo que se puede jugar allá estira la definición de videojuego, mezclando experiencias de realidad virtual con galerías de tiro como las de un carnaval, simuladores de vuelo y estaciones creativas ideales para los que quieran un centenar de stickers de Phoenix Wright. Hay una montaña rusa que corre en un tubo a lo largo de los tres pisos, a centímetros de los asistentes. Un escenario en el que Hatsune Miku da conciertos holográficos seis veces por día. Una gift shop en la que venden curry de Resident Evil

Las experiencias están pensadas para el público asiático (la franquicia no la maneja Sega sino la empresa China Animations). Los juegos no tienen instrucciones en otro idioma y son lo opuesto de intuitivos, pero igual me animé a un simulador de carreras de Sonic (agotador) y a una variante de Seaman que usa tu cara para crear una criatura marina francamente fabulosa.

No estaba seguro de incluir a Joypolis en esta lista, ya que la mayoría de los juegos está a mitad de camino entre Epcot y la Ciudad de los Niños pero ¿por qué no? Si hay lugar para la Painstation y carreras de caballos, este parque delirante que ofrece un menú entre lo virtual y lo tangible, flotando en una isla que no debería existir, es un recordatorio de que nuestras experiencias favoritas suelen ser las que se animan a esquivar las definiciones.


6. El Arcade Antiséptico: Video Arcade en Museum of the Moving Image (Queens)

El “Museo de la Imagen en Movimiento” es un emprendimiento relativamente reciente. Fundado en 1988 en un estudio que pertenecía a Paramount, se dedica a la historia de los medios modernos, concentrado en la televisión y en el cine, pero con algún que otro guiño a la historia del gaming. En el ‘89 se atrevió a presentar Hot Circuits, la primera exhibición de videojuegos en un museo, y veinte años después regresó, con el nombre de Video Arcade. El museo hasta vendía fichas grabadas con el logo y un marcianito de Space Invaders. 

Después de la acumulación del Computerspielemuseum y la saturación sensorial de Tokio, Video Arcade se sintió como una visita a un hospital en el que el gaming está en terapia intensiva. El espacio consiste de un par de habitaciones de techos altísimos y paredes grises, con un puñado de arcades espaciados y los típicos spots LED direccionados de galería minimalista.

No lo esperaba, pero resultó revelador sacar el arcade del arcade. Las máquinas parecen recién salidas de fábrica, tanto que da miedo sacudir esos joysticks de Karate Champ. Después de mil CRTs gastados, los vectores de un Asteroids tienen un impacto que trasciende la nostalgia y la cultura del fichín. Uno deja de jugar y puede perderse en el juego-objeto, en las líneas y puntos, en la forma en la que el diseño del gabinete intenta complementar una narrativa inexistente, en la poesía de las torpes consignas de dos o tres palabras.

El espacio entre máquinas permite explorar el juego de otra forma, sin la distracción auditiva y visual del salón clásico de arcades. No creo haber rodeado nunca un gabinete en otro contexto, pero me permitió estudiar rarezas como Tron de Midway o el mismo Out Run, el único juego que debo haber visto en cada uno de los arcades de este viaje.

Es una forma artificial pero efectiva de leer un juego como si fuera la primera vez. Aislado de su contexto, como si lo viéramos bajo un microscopio.


7. El Arcade Social: Barcade (St. Mark’s Place, Manhattan)

La imagen popular del salón de arcade está atada a New York, en particular a los antros de Times Square de principios de los ‘80, de un retrofuturismo digno de fotograma de The Warriors. Esos reductos, claro, cerraron hace rato, pero de a poco una variante del arcade comercial está resurgiendo en Estados Unidos. En pandemia y todo.

A mediados de la década del 2000, cuando la plata fácil de Mortal Kombat se empezó a acabar, la cadena Dave & Buster’s ofreció la única alternativa comercialmente rentable con sus locales que mezclaban comida rápida y videojuegos. Una versión menos infantil del Chuck E. Cheese que había fundado Nolan Bushnell en los ‘70s (y que sí fundió el año pasado). Hoy esta cadena tiene 140 locaciones en todo el país, y arcades diseñados de forma exclusiva.

Y si Chuck era para chicos, y Dave es para toda la familia, Barcade busca ser la variante para adultos. CRT, pinball y cerveza artesanal.

Los pocos arcades que subsisten fuera del primer mundo están en la línea de Barcade, por lo que a veces se sienten como bares temáticos donde los juegos pasan a un segundo plano. Y (más allá del fanatismo de uno) los juegos de arcade no están diseñados para eso, sino para atrapar tu atención y no soltarla. Ratoneras digitales.

Pero Barcade (al menos, el Barcade de St. Mark’s Place) me sorprendió con una selección ferozmente ecléctica, que no busca la nostalgia fácil sino el juego como tema de conversación. Hallazgos de esos que no podés evitar contarle a tus amigos al día siguiente. Una gran idea para captar la atención sin alienar a un grupo.

La colección de este Barcade incluye rarezas absolutas. El arcade holográfico de Sega Time Traveler, que sólo se puede jugar con el walkthrough en el celular o con el poder de la telepatía. El ultraviolento simulador medieval de fútbol americano Pigskin 612AD. La aventura isométrica Escape From The Planet of the Robot Monsters, en su gabinete original. Hasta una adaptación moderna bastante simpática (y fiel a la época) del juego de flash Fix-it-Felix, inspirado en una película de Disney.

No había planeado el viaje a Barcade, pero me quedé un rato más de lo que esperaba. El lugar estaba desierto y yo estaba cansado, muy cerca de mi hotel, y la cerveza carísima era tan carísima como la de los otros mil bares de la zona. En el limbo de la pereza y la espuma, perdiendo ficha tras ficha en Ghouls’n Ghosts, me imaginé un bar-arcade distinto. No un punto de reunión para una comunidad sino un tugurio chandleriano o dolinesco. Los 36 Arcades, por ahí. El fichín favorito de Tom Waits.


Quizás es por eso que quise escribir sobre este viaje, aunque hayan pasado tres años. Estas siete variantes, con sus altibajos comerciales, sugieren que hay mil versiones más de lo que es un arcade, perdidas en dibujos en servilletas y archivos de bloc de notas.

Revivir mis pasos, ordenar las fotos, escribir esto que estás leyendo, me confirma que el arcade existía, y existe. No es una quimera ni un espectro de la nostalgia. A veces es el equivalente de un triolet al lado de la cerveza. Otras es una Mona Lisa interactiva. Una cápsula del tiempo. Una sociedad de fomento. Un gimnasio para los tendones de la mano. Sea lo que sea, es una cultura que se niega a morir, como tantas que esta industria enterró vivas.

Y como pasó con la aventura gráfica, la campaña single player y las consolas portátiles, el arcade está encontrando una nueva forma de subsistir. No sé cuál de estas siete será, o si será alguna distinta. Pero no creo ser el único que después de 15 meses de encierro sueña con un galpón de pantallas idénticas. De líneas catódicas que laceran los ojos mientras los oídos explotan con la cacofonía de mil chiptunes a la vez.


DATA EXTRA: El Bury Arcade Club tiene su sitio oficial, en el que me enteré de la gran noticia de que abrieron una locación nueva y están a punto de inaugurar la tercera. Además, hay un artículo muy lindo de Eurogamer del año pasado que cuenta la historia del lugar y de su dueño. El Computerspielemuseum también tiene su sitio oficial, mientras que el Kawasaki Warehouse está cerrado, pero acá hay un artículo de Otaquest sobre su final y un recorrido preservado en 4K por el canal de YouTube beatdownboogie.

No hay página oficial del Mikado Game Center, pero el youtuber Lok Cheung hizo un recorrido el año pasado, en uno de esos días relativamente tranquilos. No cambió nada, obvio. Sega Joypolis tiene sitio en inglés y es muy completo. Hay muchos juegos nuevos, también. ¡Vamos! En grupo sale más barato.

El Museum of the Moving Image tiene un sitio bastante funcional. Acá hay información sobre la última Video Arcade y una retrospectiva de Hot Circuits. 14 de los arcades quedaron en el museo de forma permanente. Finalmente, Barcade tiene páginas para cada una de sus 10 locaciones, y esta es la que yo visité. Me encanta que haya una lista de todos los arcades que tienen, con una sección para los high scores. Claramente, los juegos no están de adorno.

Durante la pandemia, mi lugar de reunión virtual favorito fue un arcade. Desde 2020 me sumé a las transmisiones semanales de mi amigo (y eminencia del diseño de videojuegos) Facundo Mounes. Durante las últimas semanas venimos jugando arcades ignotos del mundo, comentándolos con un chat de 50 personas tan fascinadas como nosotros. Es un viaje en el que descubrimos la historia secreta del arcade, otra confirmación de que tiene mucho para enseñarnos. Acá hay un archivo de las transmisiones y un resumen de 20 minutos de las primeras 16 entregas.